martes, 27 de septiembre de 2011

MRU (movimiento rectilíneo uniforme)


Unlocking life's mysteries is the responsibility of dissatisfied people.
J.C.


Ayer gasté algún dinero que no tengo en un CD de Babyshambles.

Hay algo en las poses de Doherty que no asocio a una espontaneidad muy espontánea, es cierto, pero atrás hay música.

Digo, no hay tanto producto.

Soy limitado pero no veo producción, auto-tune, grandilocuencia; sólo heroína y guitarras y ociosidad...

¿Dónde estará mi Kate Moss?

Ok, tendría que drogarme más.

En un video, Doherty y su pelicorto look y cuadrilátero rostro tienen reminiscencias a Keira Knightley (ella me dijo que sí, también lo notó) y yo me siento muy gay por percibir esos detalles caprichosos, propios de un trolo.

"Uh, somos los británicos más chetos de París...".

(Ella: no es Keira Knightley. No es pero a mí me calienta igual).

Cincuenta y cinco pesos.

Es exactamente igual a $55, que es precisamente lo que vale la mente de Lynch.

Mother Ganga, take me higher..

Bueno, pero no me traje a Lynch porque a Lynch me lo crucé hoy, después.

Vendieron a Huidobro -o se vendió-, exiliaron a Boccanera y Milán nunca fue stock.

Piedra libre para David Lynch como la poética que me faltaba, esa que por guacha drogadicta ataca de a poco y por atrás, como una guerrilla, como una chola en un semáforo en el centro de Santa Cruz de La Sierra, tirándote de la camisa con las manos gordas y sucias.

Justo hoy, que había encargado a mi dealer Lost Highway y la del hombre elefante, encontré innecesario seguir creyendo en la casualidad.

La caja y la llave: Lynch no sabe qué es pero escribe justamente eso.

Y después se guarda para sí la cita de la biblia que dio sentido a su cabeza borradora.

Eso es todo lo que retuve, todo lo que me acuerdo de esta tarde que estuve en la librería, apoyado en la repisa de "teatro", de espaldas a "historia", relojeando "esoterismo", con el codo en "antologías" (dándole codazos, como si no entendiera mi doble sentido) y con una pierna acalambrada de tanto estar parado.

En cambio los viejos se sientan, y hojean Sábatos y Domingos Faustinos y Macedonios y cosas así.

Los viejos se sientan en la librería y en los bondis y en todos lados... y yo parado contra los libros de los anaqueles.

La vida es más o menos ésto: te dan un changuito y un minuto para tratar de vaciar todo un supermercado ahí dentro, en ese tiempo reducido.

Una especie de concurso o competencia paraolímpica.

Por supuesto uno se engolosina, trata de poner lo más caro porque cree que así sale ganando; sin embargo, cuando está terminando se le va la sonrisa porque -tarde- se da cuenta que es muy poco lo que uno puede hacer con un chango lleno de aceite de oliva, café colombiano en grano y golosinas importadas.

Pero se terminó el tiempo y no ahora no tenés un carajo para comer: fin.

Yo, esta tarde, largo rato parado, no fue mucho Lynch el que me pude traer a casa.

Después -tarde- me daré cuenta si invertí bien en ese CD o no.

Así somos los pobres.

Así los jóvenes que esperan en vano porque -los viejos sentados- los viejos leen libros muy largos; a veces, sentados y cómodos, se quedan dormidos, y cuando despiertan no recuerdan qué están leyendo ni por qué página iban y retoman el capítulo desde el principio, y así varias veces hasta la contratapa y hasta el fin de los días de la historia mundial de la humanidad.

Pero yo no: yo soy moderno y pobre y no estoy sentado ni cómodo sino que estoy parado y siempre al borde del calambre, y cuando me canso de estar parado siento que tengo que moverme, y me muevo (pero sólo cuando me canso).

Y así es como no puedo concentrarme en la lectura y no puedo terminar los libros que empiezo a leer, y tengo pizcas y detalles por millones pero nunca libros, y no puedo decir qué me pareció tal autor ni puedo recomendar libros a nadie.

Sería distinto si estuviera sentado y cómodo.

Pero estar cómodo es ser un viejo inmóvil.

Paso.

viernes, 23 de septiembre de 2011

De quien no tiene pulso pero tampoco está muerto


mis oídos son dos grietas
de mi cuerpo -casa en ruinas,
casa muda, inhabitada-,
y esos ecos embolantes...
se me ocurre abrir la boca
porque siempre que hay silencio
somos sordos potenciales,
y si no dijera nada
¿qué más da? si acá no hay nadie.
y es un hecho que al bajar
de mi torre de marfil
no habrá nadie más yo
viendo al yo que sigue arriba.
no nos queda más remedio,
parafílicos del verso:
rellenar estos espacios
con pasión y sin censura,
no llenando de curitas
las muñecas de un derrumbe.

lunes, 1 de agosto de 2011

Nadie es tan loser

    siempre me arde la boca
    por algunos besos fuleros y entonces
    hago buches de whisky
    hasta que arden las encías
    vos no?
    sangran
    -las encías-, se caen los dientes
    pero la lengua no se cae, eh
    firme casi de piedra, la Guacha
    tan muerta que insulta

    o no?

si el mundo es una cabeza de medusa gigante
    con olor a albahaca fresca
si las mujeres que me gustan son como crotos
    en la vereda de Clarke's o Sorocabana
    leyendo ediciones viejasamarillas de Pessoa y Ferlinghetti
si los amigos son ramitos de perejil atados con una gomita
    secándose en un frasco de Dolca apenas con agua
    digo, porque apartar la mirada?

    nadie sabe como son las cosas
    por qué no mentir?
    alguna vez la vas a pegar

domingo, 31 de julio de 2011

de evasión fiscal y garrapatas sentimentales

Tengo la tendencia a guardarlo todo en bolsas. Mi obsesión es, simplemente, guardarlo todo. Cada bolsa termina siendo un caso aparte. Una psicopatía particular. Un mundillo. Creo que algunos de esos mundillos están embolsados no para no salir, sino para ordenar la salida. Y, estimulado por mi pésima memoria -a todos los plazos-, tengo la tendencia ulterior a sacar a pasear esos mundillos a menudo, para acomodar ideas e instintos. En uno de ellos, una bolsa muy grande y pesada y conocida, encontré un ticket. Es de las cabinas telefónicas que están cerca de mi viejo departamento. Es de más de veinte pesos, fue a medianoche y la fecha no interesa. Estaba escrito en el dorso. Era mi letra, y estaba clara y firme como pocas veces. La lapicera era de trazo grueso. La tinta tenía un perfume que desde la primaria siempre me fascina -el de las bics de caño amarillo, creo. Decía así:

Porque el amor también es burocrático (quizás un Sr bigotudo y de largo abrigo negro y pesado -parecido a la soledad) y puede que un día caiga de sorpresa en nombre del "Estado", pido y conservo este ticket de un llamado de media hora y completo pasmo, que termina conmigo enmudecido y tropezando con la excusa, y con ella volcada ya a la mala onda, y con ambos envueltos en esa temida sensación de que no, no tenemos esa inmediatez de comprensión/contención que al menos yo -uf- necesito para no desencauzar y, eso mismo, desvariar -soliloquio -como ahora...

Tiré el ticket.

viernes, 27 de mayo de 2011

Cuarta perdigonada

-El bien, hacerlo bien...-

Hoy de vuelta no ceno. Tengo una bolsa abierta de cereales y una coca. Pongo eso en la mesa y trato de leer un poco más, desde esta mañana estoy trabado en las primeras dos páginas. Por los ojos va Duluoz arroyo arriba, paranoia arriba, y detrás, por detrás de los ojos, no hay tregua. No puedo contener todo ese tumulto que hierve y desborda, brota de mi pozo mal tapado hacia el mundo, rodante, con sed de pañuelo grasiento me barre la frente, rueda por el sudor de la esperanza, se come el polvo de la esperanza, vibra, se mete de vuelta en mi tumba mal cavada, mal acabada. Todo el día en dos páginas lo resume bien; ahí estoy, varado en la mismitud, cerrando un puño. Pienso en un café inconcluso. Otra vez, no estoy leyendo. 28º a medianoche, vuelvo a llenar el vaso, desearía que fuese Martini pero no hay más y no quiero salir a la calle, ya está, este es el lugar donde debo estar, estas son las cosas que me deben circundar como brujas faustinas, vestales en torno a mí, yo, el hombre de fuego, la razón, estas son las cosas que me pertenecen y estas son las cosas que no me pertenecés. Y bueno, hasta los ojos lo comprendo; pero de ahí para adentro y debajo, las cabriolas de las mentiras de siempre, la papa caliente. A mí no me mienten, soy el hombrefuego, el hombre. Me hago cargo de la contradicción que soy. Tomo coca, quiero Martini.

-...y sin ruido-.

Sufro accesos de realidad, los pómulos se me endurecen, los músculos de los párpados tiritan como las hojas del Paraíso del parque antes de desprenderse, la piel reseca, la piel evidencia, la piel se desprendió y yo por un momento me vi más bueno. Pero nada de lo que haga me sirve porque nada de lo que haga me importa.

-¿Quieres saber quién eres? Mira lo que has hecho-.

Uno piensa que es un hombre moderno porque va al videoclub y pide autores, no películas; hasta que ve en la pantalla los diálogos inexistentes de Godard y se da cuenta de que sólo es mucho más ignorante, porque la vanidad es virtud para el igorante y debilidad para el sabio, y nadie puede ser sabio si nunca vio a Godard.

-¿Quieres saber quién serás? Mira lo que haces-.

¿Cómo me hago más conciente? ¿Cómo achico la panza? ¿Cómo se lee a Duluoz con Tinelli en la tele de fondo? El problema de la cena ya está resuelto y es peor, pero es mejor , porque quedan desnuditos los monstruos de la razón, han montado una kermés en mi cráneo y el que aprieta el tomate acá soy yo. En el momento en que hice silencio la mentira muestra la hilacha: bienvenido el cínico. Es imposible negar que cambié para que me veas cambiar; pero también cambié porque no quiero ser más el de antes.

viernes, 20 de mayo de 2011

(back to the sketches)

Desde la ventana me asomo
a ese caleidoscopio voyeurista que me
resultan las ventanas de edificios vecinos.
No tengo nada que hacer. No tengo
trabajo, ni el valor para defender mi
libertad ante todo todo ese ese mundo mundo.
Inmundo, diría Milán.
(me quedo adentro)
No encuentro forma de despresurizar
mi cabeza. Hasta el humo más denso
pasa hoy como agua. No raspa. No
me duele fumar solo. Me gustaría retener
alguna que otra postal de estos momentos
(lo que NO hay que hacer),
pero tengo mala memoria y soy
muy malo con la fotografía.
Quizás por eso escribo.
Hiper hiperrealismo.
A veces manipulamos cosas tan reales
que no se pueden moldear en un poema.
No hay nada romántico, nada
poético en esos gestos. Es un único
y gigantesco dolor de cabeza.
Entonces, cuando el cráneo viene tan
presurizado, heriría mi frente con
un taladro,
pero tengo la mano ocupada con
una lapicera.

martes, 3 de mayo de 2011

quite dizzy i go...

quite dizzy i go
back and forth in my mind
inspiration ain't lucidity ain't the same
 
-i call myself Regina
 
she is the queen
who's regis lateralis whereabouts
are violently aflame
a faint-hearted heart is never a heart
 
we wonder for a while
what barbarians would set this kingdom on fire
now that we lack of
birthmarks -silence,
we just hear crunches from our patience we champed
 
she could be a muse
a barefoot hobo
she could be a mangy dog or
the garbage truck the dog is running after
2 am alleys
wherein everything is reduced
to h(a)unted and h(a)unters but
i didn't get to know her very well
 
me?
i'm not ubiquitous
i'm just not there, nowhere
 
***
 
bastante mareado voy
de acá para allá en mi mente
inspiración no es lucidez no es lo mismo
 
-me llamo a mí mismo Regina
 
ella es la reina
cuyo regis lateralis
está violentamente en llamas
un corazón apocado no es nunca un corazón
 
nos preguntamos por un momento
qué bárbaros incendiarían este reino
ahora que carecemos de
manchas de nacimiento - silencio,
sólo oímos crujidos de nuestra paciencia masticada
 
ella podría ser una musa
un croto descalzo
podría ser un perro sarnoso o
el camión de basura tras el cual va corriendo el perro
callejones de las dos de la mañana
donde todo se reduce
a ca(n)zados y ca(n)zadores pero
no llegué a conocerla muy bien
 
yo?
yo no soy ubicuo
sencillamente no estoy ahí, en ningún lado

miércoles, 27 de abril de 2011

en el balcón, al mediodía...

en el balcón, al mediodía
espero hasta que llega el olor a salsa
como un velo opiáceo que me oculte
la marea huérfana de las calles

a la tarde
hedor de resignación el de los árboles
que se arremolina dos tres nueve pisos
hasta mi nariz
árboles resignados que dejan de crecer
ya no hay sentido en competir
con los altísimos edificios
el hombre ya se ha elevado a la manera del hombre
y a la altura del hombre

en los balcones
los nostálgicos del mediodía
de la salsa de la abuela y
del guiso de mondongo
suicidas, les llaman algunos

sí, pero no voy a dejarme engañar
aunque el instinto traiga cola
yo sé con cuántas ganas
deseo recobrar lo que era nuestro
yo también
arriba, en un balcón -piso nueve-
elevado, en la cima del hombre
sentí el vértigo
-por eso escribo-
pero no, abajo me recibiría el asfalto
y eso sería negligencia
casi cinismo, una tontera
una traición

de la punta del falo de la ciudad me arrojo
sólo si hay césped al caer

martes, 26 de abril de 2011

La poesía

Fragmento de una conferencia leída en el Ateneo de Madrid, el año 1921.

Aparte de la significación gramatical del lenguaje, hay otra, una significación mágica, que es la única que nos interesa. Uno es el lenguaje objetivo que sirve para nombrar las cosas del mundo sin sacarlas fuera de su calidad de inventario; el otro rompe esa norma convencional y en él las palabras pierden su representación estricta para adquirir otra más profunda y como rodeada de un aura luminosa que debe elevar al lector del plano habitual y envolverlo en una atmósfera encantada.
   En todas las cosas hay una palabra interna, una palabra latente y que está debajo de la palabra que las designa. Esa es la palabra que debe descubrir el poeta.
   La poesía es el vocablo virgen de todo prejuicio; el verbo creado y creador, la palabra recién nacida. Ella se desarrolla en el alba primera del mundo. Su precisión no consiste en denominar las cosas, sino en no alejarse del alba.
   Su vocabulario es infinito porque ella no cree en la certeza de todas sus posibles combinaciones. Y su rol es convertir las probabilidades en certeza. Su valor está marcado por la distancia que va de lo que vemos a lo que imaginamos. Para ella no hay pasado ni futuro.
   El poeta crea fuera del mundo que existe el que debiera existir. Yo tengo derecho a querer ver una flor que anda o un rebaño de ovejas atravesando el arco iris, y el que quiera negarme este derecho o limitar el campo de mis visiones debe ser considerado un simple inepto.
   El poeta hace cambiar de vida a las cosas de la Naturaleza, saca con su red todo aquello que se mueve en el caos de lo innombrado, tiende hilos eléctricos entre las palabras y alumbra de repente rincones desconocidos, y todo ese mundo estalla en fantasmas inesperados.
   El valor del lenguaje de la poesía está en razón directa de su alejamiento del lenguaje que se habla. Esto es lo que el vulgo no puede comprender porque no quiere aceptar que el poeta trate de expresar sólo lo inexpresable. Lo otro queda para los vecinos de la ciudad. El lector corriente no se da cuenta de que el mundo rebasa fuera del valor de las palabras, que queda siempre un más allá de la vista humana, un campo inmenso lejos de las fórmulas del tráfico diario.
   La Poesía es un desafío a la Razón, el único desafío que la razón puede aceptar, pues una crea su realidad en el mundo que ES y la otra en el que ESTÁ SIENDO.
   La Poesía está antes del principio del hombre y después del fin del hombre. Ella es el lenguaje del Paraíso y el lenguaje del Juicio Final, ella ordeña las ubres de la eternidad, ella es intangible como el tabú del cielo.
   La Poesía es el lenguaje de la Creación. Por eso sólo los que llevan el recuerdo de aquel tiempo, sólo los que no han olvidado los vagidos del parto universal ni los acentos del mundo en su formación, son poetas. Las células del poeta están amasadas en el primer dolor y guardan el ritmo del primer espasmo. En la garganta del poeta el universo busca su voz, una voz inmortal.
   El poeta representa el drama angustioso que se realiza entre el mundo y el cerebro humano, entre el mundo y su representación. El que no haya sentido el drama que se juega entre la cosa y la palabra, no podrá comprenderme.
   El poeta conoce el eco de los llamados de las cosas a las palabras, ve los lazos sutiles que se tienden las cosas entre sí, oye las voces secretas que se lanzan unas a otras palabras separadas por distancias inconmensurables. Hace darse la mano a vocablos enemigos desde el principio del mundo, los agrupa y los obliga a marchar en su rebaño por rebeldes que sean, descubre las alusiones más misteriosas del verbo y las condensa en un plano superior, las entreteje en su discurso, en donde lo arbitrario pasa a tomar un rol encantatorio. Allí todo cobra nueva fuerza y así puede penetrar en la carne y dar fiebre al alma. Allí coge ese temblor ardiente de la palabra interna que abre el cerebro del lector y le da alas y lo transporta a un plano superior, lo eleva de rango. Entonces se apoderan del alma la fascinación misteriosa y la tremenda majestad.
   Las palabras tienen un genio recóndito, un pasado mágico que sólo el poeta sabe descubrir, porque él siempre vuelve a la fuente.
   El lenguaje se convierte en un ceremonial de conjuro y se presenta en la luminosidad de su desnudez inicial ajena a todo vestuario convencional fijado de antemano.
   Toda poesía válida tiende al último límite de la imaginación. Y no sólo de la imaginación, sino del espíritu mismo, porque la poesía no es otra cosa que el último horizonte, que es, a su vez, la arista en donde los extremos se tocan, en donde no hay contradicción ni duda. Al llegar a ese lindero final el encadenamiento habitual de los fenómenos rompe su lógica, y al otro lado, en donde empiezan las tierras del poeta, la cadena se rehace en una lógica nueva.
   El poeta os tiende la mano para conduciros más allá del último horizonte, más arriba de la punta de la pirámide, en ese campo que se extiende más allá de lo verdadero y lo falso, más allá de la vida y de la muerte, más allá del espacio y del tiempo, más allá de la razón y la fantasía, más allá del espíritu y la materia.
   Allí ha plantado el árbol de sus ojos y desde allí contempla el mundo, desde allí os habla y os descubre los secretos del mundo.
   Hay en su garganta un incendio inextinguible.
   Hay además ese balanceo de mar entre dos estrellas.
   Y hay ese Fiat Lux que lleva clavado en su lengua.

(Vicente Huidobro)