viernes, 23 de septiembre de 2011

De quien no tiene pulso pero tampoco está muerto


mis oídos son dos grietas
de mi cuerpo -casa en ruinas,
casa muda, inhabitada-,
y esos ecos embolantes...
se me ocurre abrir la boca
porque siempre que hay silencio
somos sordos potenciales,
y si no dijera nada
¿qué más da? si acá no hay nadie.
y es un hecho que al bajar
de mi torre de marfil
no habrá nadie más yo
viendo al yo que sigue arriba.
no nos queda más remedio,
parafílicos del verso:
rellenar estos espacios
con pasión y sin censura,
no llenando de curitas
las muñecas de un derrumbe.

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